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martes, 27 de abril de 2010

ALPHONSE ALLAIS


Hijo de Charles-Auguste Allais, farmaceútico, y de Alphonsine Vivien. Por decisión paterna inicia estudios de farmacia que finalmente terminaría abandonando para dedicarse a la escritura. A los 21 años empieza a colaborar en el diario "Tintamarre". A los 25 años publica su primer artículo teórico sobre el "Fumisme" (camelismo) y un año después el diario "L´Hydropathe" le dedica un número con el título “Alphonse Allais, jefe la escuela fumista”.

Su firma aparece por primera vez en el Chat noir en 1885. A los 33 años publica su primer libro: "La nuit blanche d`un hussard rouge". También tomará vida su personaje "Le Captain Cap" (Cap, de Albert Caperon, amigo y colaborador del diario). A los 41 años años se casa con Mari Gouzée de 26 años y hacen su viaje de bodas a Venecia. Diferentes libros y relatos iran apareciendo en "Le Journal", "Le Sourire".

En 1896 sale la primera edición del Ubu Rey, de Alfred Jarry y es saludada con admiración por Allais. El 26 de octubre de 1898 nace su hija Marie Paule (falleceria en 1978). Alphonse Allais es citado en el Almanaque del Padre Ubu como: “Alphonse, celui qui ira”. En 1904 aparece en “La Fleche” una biografía de Alphonse Allais firmada por Sacha Guitry. El 20 de octubre aparece en “Le Journal” su última cronica y el 21 en “Le Sourire” su último relato: ”Erreur n'est pas compte”.

El 28 de octubre de 1905, a los 51 años, muere de una embolia en París. Durante la II Guerra Mundial, una bomba aliada dejó totalmente arrasada su tumba en el cementerio de Saint Quen.

UN RAJÁ QUE SE ABURRE - ALPHONSE ALLAIS



¡El rajá se aburre!

¡Ah, sí, se aburre el rajá!

¡Se aburre como quizá nunca se aburrió en su vida!

(¡Y Buda sabe si el pobre rajá se aburrió!)

En el patio norte del palacio, la escolta aguarda. Y también aguardan los elefantes del rajá. Porque hoy el rajá debía cazar al jaguar.

Ante yo no sé qué suave gesto del rajá, el intendente comprende: ¡que entre la escolta!; ¡que entren los elefantes!

Muy perezosamente, entra la escolta, llena de contento.

Los elefantes murmuran roncamente, que es la manera, entre los elefantes, de expresar el descontento.

Porque, al contrario del elefante de África, que gusta solamente de la caza de mariposas, el elefante de Asia sólo se apasiona con la caza del jaguar.

Entonces, ¡que vengan las bailarinas!

¡Aquí están las bailarinas! Las bailarinas no impiden que el rajá se aburra.

¡Afuera, afuera las bailarinas! Y las bailarinas se van.

¡Un momento, un momento! Hay entre las bailarinas una nueva pequeña que el rajá no conoce.

-Quédate aquí, pequeña bailarina. ¡Y baila! ¡He aquí que baila, la pequeña bailarina!

¡Oh, su danza!

¡El encanto de su paso, de su actitud, de sus ademanes graves!

¡Oh, los arabescos que sus diminutos pies escriben sobre el ónix de las baldosas! ¡Oh, la gracia casi religiosa de sus manos menudas y lentas! ¡Oh, todo!

Y he aquí que al ritmo de la música ella comienza a desvestirse.

Una a una, cada pieza de su vestido, ágilmente desprendida, vuela a su alrededor.

¡El rajá se enciende!

Y cada vez que una pieza del vestido cae, el rajá, impaciente, ronco, dice:

-¡Más!

Ahora, hela aquí toda desnuda.

Su pequeño cuerpo, joven y fresco, es un encantamiento.

No se sabría decir si es de bronce infinitamente claro o de marfil un poco rosado. ¿Ambas cosas, quizá?

El rajá está parado, y ruge, como loco:

-¡Más!

La pobre pequeña bailarina vacila. ¿Ha olvidada sobre ella una insignificante brizna de tejido? Pero no, está bien desnuda.

El rajá arroja a sus servidores una malvada mirada oscura y ruge nuevamente:

-¡Más!

Ellos lo entendieron.

Los largos cuchillos salen de las vainas. Los servidores levantan, no sin destreza, la piel de la linda pequeña bailarina.

La niña soporta con coraje superior a su edad esta ridícula operación, y pronto aparece ante el rajá como una pieza anatómica escarlata, jadeante y humeante.

Todo el mundo se retira por discreción. ¡Y el rajá no se aburre más!